
El 1 de noviembre constituía en toda la Céltica europea la más importante festividad religiosa, coincidiendo con la inauguración del nuevo equinocio:
Samhain o Samonios, de hecho el primer mes del calendario galo hallado en Coligny. Jean Markale afirma que la etimología del término está relacionada con la expresión “fin del verano”.
Según Fracisco Marco Simón y otros, los antiguos celtas, y a través de ellos las culturas actuales, creían que los espíritus de los muertos retornaban esa noche a visitar su hogar y familiares de nuevo. Era una fecha oscura y terrible en la que se abrían las puertas del Más Allá y se tendía el puente que les ponía en contacto con sus muertos. El fuego era el elemento que habría de servir de guía a los espíritus de éstos hasta sus hogares, donde su comida favorita y bebidas les aguardaban.
En Irlanda era costumbre que la víspera se apagaran todos los fuegos de la aldea hasta la llegada del momento. Entonces se encendían grandes fogatas por los cerros y en las calles de las poblaciones y se reencendía el fuego de las casas con la llama purificada del año nuevo.
En Samhain el hombrecillo verde, quizás un druida revestido de vegetación, danzaba anunciando que la naturaleza se preparaba para languidecer hasta la primavera, coincidiendo con la fetividad de Beltaine.
Debía ser una fiesta a la que acudía toda la comunidad, formando una asamblea multitudinaria a modo de gran banquete en la que el pueblo comía y bebía distribuida por las calles en hogueras donde se asaba carne de cerdo y animales cazados para la ocasión.
La aristocracia de guerreros, sacerdotes y prebostes locales constituían su componente esencial en una reunión en la que se discutirían los asuntos políticos hasta bien entrada la noche.
La fiesta solía durar tres días, lo que permitía multiplicar las actividades y festines.








