Aquí está la historia de Éowyn y Faramir, mis personajes preferidos del Señor de los Anillos. Una tierna historia, sin duda… Comienza a narrarse cuando Éowyn despierta en las Casas de Curación, después de haber caído herida en la guerra, a donde fue siguiendo los pasos de Aragorn, futuro Rey de Gondor, de quien está enamorada.
La Ciudad de Góndor había vivido en la incertidumbre y un gran miedo. El buen tiempo y el sol límpido parecían burlarse de los hombres que ya casi no tenían ninguna esperanza, y sólo aguardaban cada mañana noticias de perdición. El Senescal había muerto abrasado por las llamas, muerto yacía el Rey de Rohan en la Ciudadela, y el nuevo rey, que había entrado en la noche, había vuelto a partir a una guerra contra potestades demasiado oscuras y terribles para esperar poder doblegarlas sólo con el valor y la entereza. Y no se recibían noticias. Desde que el ejército partiera del Valle de Morgul por el camino del norte, a la sombra de las montañas, ningún mensajero había regresado, ni habían llegado rumores de lo que acontecía en el Este amenazante. Cuando hacía apenas dos días que habían partido, la Dama Eowyn rogó a las mujeres que la cuidaban que le trajesen sus ropas, y nadie pudo disuadirla: se levantó, y cuando la vistieron, con el brazo sostenido en un cabestrillo de lienzo, se presentó ante el Mayoral de las Casas de Curación.
-Señor -dijo-, siento una profunda inquietud y no puedo seguir ociosa por más tiempo.
-Señora -respondió el Mayoral-, aún no estáis curada, y se me encomendó que os atendiera con especial cuidado. No tendríais que haberos levantado hasta dentro de siete días, o esa fue en todo caso la orden que recibí. Os ruego que volváis a vuestra estancia.
-Estoy curada -dijo ella-, curada de cuerpo al menos, excepto el brazo izquierdo, que también mejora. Y si no tengo nada que hacer, volveré a enfermar. ¿No hay noticias de la guerra? Las mujeres no saben decirme nada.
-No tenemos noticias -dijo el Mayoral-, excepto que los Señores han llegado al Valle de Morgul; y dicen que el nuevo capitán venido del Norte es ahora el jefe. Es un gran señor, y un curador; extraño me parece que la mano que cura sea también la que empuña la espada. No ocurren cosas así hoy en Góndor, aunque fueran comunes antaño, si las antiguas leyendas dicen la verdad. Pero ahora, y desde hace largos años, nosotros los curanderos no hacemos otra cosa que reparar las desgarraduras causadas por los hombres de armas. Aunque sin ellos tendríamos ya trabajo suficiente: bastantes miserias y dolores hay en el mundo sin que las guerras vengan a multiplicarlos.
-Para que haya guerra, señor Mayoral, basta con un enemigo, no dos -respondió Eowyn-. Y aun aquellos que no tienen espada pueden morir bajo una espada. ¿Querríais acaso que la gente de Góndor juntara sólo hierbas, mientras el Señor Oscuro junta ejércitos? Y no siempre lo bueno es estar curado del cuerpo. Ni tampoco es siempre lo malo morir en la batalla, aun con grandes sufrimientos. Si me fuera permitido, en esta hora oscura yo no vacilaría en elegir lo segundo.
El Mayoral la miró. Eowyn estaba muy erguida, con los ojos brillantes en el rostro pálido, y el puño crispado cuando miraba a la ventana del este. El Mayoral suspiró y movió la cabeza. Al cabo de un silencio, Eowyn volvió a hablar.
-¿No queda ya ninguna tarea que cumplir? -dijo-. ¿Quién manda en esta ciudad?
-No lo sé bien -respondió el Mayoral-. No son asuntos de mi incumbencia. Hay un mariscal que capitanea a los Jinetes de Rohan; y el Señor Húrin, por lo que me han dicho, está al mando de los hombres de Góndor. Pero el Señor Faramir es por derecho el Senescal de la Ciudad.
-¿Dónde puedo encontrarlo?
-En esta misma casa, señora. Fue gravemente herido, pero ahora ya está recobrándose. Sin embargo no sé…
-¿No me conduciríais ante él? Entonces sabréis.
El Señor Faramir se paseaba a solas por el jardín de las Casas de Curación, y el sol lo calentaba y sentía que la vida le corría de nuevo por las venas; pero le pesaba el corazón, y miraba a lo lejos, en dirección al este, por encima de los muros. Acercándose a él, el Mayoral lo llamó, y Faramir se volvió y vio a la Dama Eowyn de Rohan; y se sintió conmovido y apenado, porque advirtió que estaba herida, y que había en ella tristeza e inquietud.
-Señor -dijo el Mayoral-. Esta es la Dama Eowyn de Rohan. Cabalgó junto con el rey y fue malherida, y ahora se encuentra bajo mi custodia. Pero no está contenta y desea hablar con el Senescal de la Ciudad.
-No interpretéis mal estas palabras, señor -dijo Eowyn-. No me quejo porque no me atiendan. Ninguna casa podría brindar mejores cuidados a quienes buscan la curación. Pero no puedo continuar así, ociosa, indolente, enjaulada. Quise morir en la batalla. Pero no he muerto, y la batalla continúa.
A una señal de Faramir, el Mayoral se retiró con una reverencia.
-¿Qué querríais que hiciera, señora? -preguntó Faramir-. Yo también soy un prisionero en esta casa. -La miró, y como era hombre inclinado a la piedad sintió que la hermosura y la tristeza de Eowyn le traspasarían el corazón. Y ella lo miró, y vio en los ojos de él una grave ternura, y supo sin embargo, porque había.crecido entre hombres de guerra, que se encontraba ante un guerrero a quien ninguno de los Jinetes de la Marca podría igualar en la batalla.
-¿Qué deseáis? -le repitió Faramir-. Si está en mis manos, lo haré.
-Quisiera que le ordenaseis a este Mayoral que me deje partir -respondió Eowyn; y si bien las palabras eran todavía arrogantes, el corazón le vaciló, y por primera vez dudó de sí misma. Temió que aquel hombre alto, a la vez severo y bondadoso, pudiese juzgarla caprichosa, como un niño que no tiene bastante entereza para llevar a cabo una tarea aburrida.
-Yo mismo dependo del Mayoral dijo Faramir-. Y todavía no he tomado mi cargo en la ciudad. No obstante, aun cuando lo hubiese hecho, escucharía los consejos del Mayoral, y en cuestiones que atañen a su arte no me opondría a él, salvo en un caso de necesidad extrema.
-Pero yo no deseo curar -dijo ella-. Deseo partir a la guerra como mi hermano Eomer, o mejor aún como Théoden el rey, porque él ha muerto y ha conquistado a la vez honores y paz.
-Es demasiado tarde, señora, para seguir a los Capitanes, aunque tuvierais las fuerzas necesarias -dijo Faramir-. Pero la muerte en la batalla aún puede alcanzarnos a todos, la deseemos o no. Y estaríais más preparada para afrontarla como mejor os parezca si mientras aún queda tiempo hicierais lo que ordena el Mayoral. Vos y yo hemos de soportar con paciencia las horas de espera.
Eowyn no respondió, pero a Faramir le pareció que algo en ella se ablandaba, como si una escarcha dura comenzara a ceder al primer anuncio de la primavera. Una lágrima le resbaló por la mejilla como una gota de lluvia centelleante. La orgullosa cabeza se inclinó ligeramente. Luego dijo en voz muy queda, más como si hablara consigo misma que con él:
-Pero los Curadores pretenden que permanezca acostada siete días más -dijo.- Y mi ventana no mira al este. La voz de Eowyn era ahora la de una muchacha joven y triste. Faramir sonrió, aunque compadecido.
- ¿Vuestra ventana no mira al este? -dijo-. Eso tiene arreglo. Por cierto que daré órdenes al Mayoral. Si os quedáis a nuestro cuidado en esta casa, señora, y descansáis el tiempo necesario, podréis caminar al sol en este jardín como y cuando queráis; y miraréis al este, donde ahora están todas nuestras esperanzas. Y aquí me encontraréis a mí, que camino y espero, también mirando al este. Aliviaríais mis penas si me hablarais, o si caminarais conmigo alguna vez.
Ella levantó entonces la cabeza y de nuevo lo miró a los ojos; y un ligero rubor le coloreó el rostro pálido.
- ¿Cómo podría yo aliviar vuestras penas, señor? -dijo-. No deseo la compañía de los vivos.
-¿Queréis una respuesta sincera? -dijo él.
-La quiero.
-Entonces, Eowyn de Rohan, os digo que sois hermosa. En los valles de nuestras colinas crecen flores bellas y brillantes, y muchachas aún más encantadoras; pero hasta ahora no había visto en Gondor ni una flor ni una dama tan hermosa, ni tan triste. Tal vez nos queden pocos días antes que la oscuridad se desplome sobre el mundo, y cuando llegue espero enfrentarla con entereza; pero si pudiera veros mientras el sol brilla aún, me aliviaríais el corazón. Porque los dos hemos pasado bajo las alas de la Sombra, y la misma mano nos ha salvado.
-¡ Ay, no a mí, señor! -dijo ella.- Sobre mí pesa todavía la Sombra. ¡No soy yo quien podría ayudaros a curar! Soy una doncella guerrera y mi mano no es suave. Pero os agradezco que me permitáis al menos no permanecer encerrada en mi estancia. Por la gracia del Senescal de la Ciudad podré caminar al aire libre.
Y con una reverencia dio media vuelta y regresó a la casa. Pero Faramir continuó caminando a solas por el jardín durante largo rato, y ahora volvía los ojos más a menudo a la casa que a los muros del este. Cuando estuvo de nuevo en su habitación, Faramir mandó llamar al Mayoral e hizo que le contase todo cuanto sabía acerca de la Dama de Rohan.
-Sin embargo, señor -dijo el Mayoral-, mucho más podría deciros sin duda el mediano que está con nosotros; porque él era pane de la comitiva del Rey, y según dicen estuvo con la Dama al final de la batalla.
Y Merry fue entonces enviado a Faramir, y mientras duró aquel día conversaron largamente, y Faramir se enteró de muchas cosas, más de las que Merry dijo con palabras; y le pareció comprender en parte la tristeza y la inquietud de Eowyn de Rohan. Y en el atardecer luminoso Faramir y Merry pasearon juntos por el jardín, pero no vieron a la Dama aquella noche. Pero a la mañana siguiente, cuando Faramir salió de las casas, la vio, de pie en lo alto de las murallas; estaba toda vestida de blanco y resplandecía al sol. La llamó, y ella descendió, y juntos pasearon por la hierba, y se sentaron a la sombra de un árbol verde, a ratos silenciosos, a ratos hablando. Y desde entonces volvieron a reunirse cada día. Y al Mayoral, que los miraba desde la ventana, y que era un Curador, se le alegró el corazón; verlos juntos aligeraba sus preocupaciones; y teníala certeza de que en medio de los temores y presagios sombríos que en aquellos días oprimían a todos, ellos, entre los muchos que él cuidaba, mejoraban y ganaban fuerza hora tras hora.
Y llegó así el quinto día desde aquel en que la Dama Eowyn fuera por primera vez a ver a Faramir; y de nuevo subieron juntos a las murallas de la ciudad y miraron en lontananza. Todavía no se habían recibido noticias y los corazones de todos estaban ensombrecidos. Ahora tampoco el tiempo se mostraba apacible. Hacía frío. Un viento que se había levantado durante la noche soplaba inclemente desde el norte, y aumentaba, y las tierras de alrededor estaban lóbregas y grises. Se habían vestido con prendas de abrigo y mantos pesados, y la Dama Eowyn estaba envuelta en un amplio manto azul, como una noche profunda de estío, adornado en el cuello y el ruedo con estrellas de plata. Faramir había mandado que trajeran el manto y se lo había puesto a ella sobre los hombros; y la vio hermosa y una verdadera reina allí de pie junto a él. Lo habían tejido para Findullas de Amroth, la madre de Faramir, muerta en la flor de la edad, y era para él como un recuerdo de una dulce belleza lejana, y de su primer dolor. Y el manto le parecía adecuado a la hermosura y la tristeza de Eowyn. Pero ella se estremeció de pronto bajo el manto estrellado, y miró al norte, más allá de las tierras grises, hacia el ojo del viento frío, donde el cielo era límpido y yerto.
-¿Qué buscáis, Eowyn? -preguntó Faramir.
-¿No queda acaso en esa dirección la Puerta Negra? -dijo ella-. ¿Y no estará él por llegar allí? Siete días hace que partió.
-Siete días – dijo Faramir-. No penséis mal de mí si os digo: a mí me han traído a la vez una alegría y una pena que ya no esperaba conocer. La alegría de veros; pero pena, porque los temores y las dudas de estos tiempos funestos se han vuelto más sombríos que nunca. Eowyn, no quisiera que este mundo terminase ahora, y perder tan pronto lo que he encontrado.
- ¿Perder lo que habéis encontrado, señor? -respondió ella; y clavó en él una mirada grave pero bondadosa.- Ignoro qué habéis encontrado en estos días, y qué podríais perder. Pero os lo ruego, no hablemos de eso, amigo mío. ¡No hablemos más! Estoy al borde de un terrible precipicio y en el abismo que se abre a mis pies, la oscuridad es profunda, y no sé si a mis espaldas hay alguna luz. Porque aún no puedo volverme. Espero un golpe del destino.
-Sí, esperemos el golpe del destino -dijo Faramir. Y no hablaron más; y mientras permanecían allí, de pie sobre el muro, les pareció que el viento moría, que la luz se debilitaba y se oscurecía el sol; que cesaban todos los rumores de la ciudad y las tierras cercanas: el viento, las voces, los reclamos de los pájaros, los susurros de las hojas; ni respirar se oían; hasta los corazones habían dejado de latir. El tiempo se había detenido. Y mientras esperaban, las manos de los dos se encontraron y se unieron, aunque ellos no lo sabían. Y así siguieron, esperando sin saber qué esperaban. Entonces, de improviso, les pareció que por encima de las crestas de las montañas distantes se alzaba otra enorme montaña de oscuridad envuelta en relámpagos, se agigantaba y ondulaba como una marea que quisiera devorar el mundo. Un temblor estremeció la tierra y los muros de la ciudad trepidaron. Un sonido semejante a un suspiro se elevó desde los campos de alrededor, y de pronto los corazones les latieron de nuevo.
-Esto me recuerda a Númenor -dijo Faramir, y le asombró oírse hablar.
-¿Númenor? -repitió Eowyn.
-Sí -dijo Faramir- el país del Oesternesse que se hundió en los abismos, y la enorme ola oscura que inundó todos los prados verdes y todas las colinas, y que avanzaba como una oscuridad inexorable. A menudo sueño con ella.
-¿Entonces creéis que ha llegado la Oscuridad? -dijo Eowyn-. ¿La Oscuridad Inexorable?
-Y en un impulso repentino se acercó a él.
-No -dijo Faramir mirándola a la cara-. Fue una imagen que tuve. No sé qué está pasando. La razón y la mente me dicen que ha ocurrido una terrible catástrofe y que se aproxima el fin de los tiempos. Pero el corazón me dice lo contrario; y siento los miembros ligeros, y una esperanza y una alegría que la razón no puede negar. ¡Eowyn, Eowyn, Blanca Dama de Rohan!, no creo en esta hora que ninguna oscuridad dure mucho. -Y se inclinó y le besó la frente. Y así permanecieron sobre los muros de la Ciudad de Góndor, mientras se levantaba y soplaba un fuerte viento, que les agitó los cabellos mezclándolos en el aire, azabache y oro. Y la Sombra se desvaneció y el velo que cubría el sol desapareció, y se hizo la luz; y las aguas del Anduin brillaron como la plata, y en todas las casas de la ciudad los hombres cantaban con una alegría cada vez mayor, aunque nadie sabía por qué. Y antes que el sol se hubiera alejado mucho del cénit, una gran águila llegó volando desde el este, portadora de nuevas inesperadas de los Señores del Oeste, gritando:
¡Cantad ahora, oh gente de la Torre de Anor,
porque el Reino de Sauron ha sucumbido para siempre,
y la Torre Oscura ha sido derruida!
¡Cantad y regocijaos, oh gente de la Torre de Guardia,
pues no habéis vigilado en vano,
y la Puerta Negra ha sido destruida,
y vuestro Rey ha entrado por ella trayendo la victoria!
Cantad y alegraos, todos los hijos del Oeste,
porque vuestro Rey retornará,
y todos los días de vuestra vida habitará entre vosotros.
Y el Arbol marchito volverá a florecer,
y él lo plantará en sitios elevados, y bienaventurada será la Ciudad.
¡Cantad, oh todos!
Y la gente cantaba en todos los caminos de la ciudad. Los días que siguieron fueron dorados, y la primavera y el verano se unieron en los festejos de los campos de Góndor. Y desde Cair Andros llegaron jinetes veloces trayendo las nuevas de todo lo acontecido, y la ciudad se preparó a recibir al Rey. Merry fue convocado y tuvo que partir con los carretones que llevaban víveres a Osgiliath, y de allí por agua hasta Cair Andros; pero Faramir no partió, pues como ya estaba curado había reclamado el mando y ahora era el Senescal de la ciudad, aunque por poco tiempo; y tenía que ordenar todas las cosas para aquel que pronto vendría a reemplazarlo.
Tampoco partió Eowyn, a pesar del mensaje que le enviara su hermano rogándole que se reuniese con él en el Campo de Cormallen. Y a Faramir le sorprendió que se quedara, si bien ahora, atareado como estaba con tantos menesteres, tenía poco tiempo para verla; y ella seguía viviendo en las Casas de Curación, y caminaba sola por el jardín, y de nuevo tenía el rostro pálido, y parecía ser la única persona triste y dolorida en toda la ciudad. Y el Mayoral de las Casas estaba preocupado, y habló con Faramir. Entonces Faramir fue a buscarla, y de nuevo fueron juntos a los muros; y él le dijo:
-Eowyn ¿por qué os habéis quedado aquí en vez de ir a los festejos de Cormallen del otro lado de Cair Andros, donde vuestro hermano os espera?
Y ella dijo:
-¿No lo sabéis?
Pero él respondió:
-Hay dos motivos posibles, pero cuál es el verdadero, no lo sé.
Y dijo ella:
-No quiero jugar a las adivinanzas. ¡Hablad claro!
-Entonces, si eso es lo que queréis, señora -dijo él-, no vais porque sólo vuestro hermano mandó por vos, y ahora, admirar en su triunfo al Señor Aragorn, el heredero de Elendil, no os causará ninguna alegría. O porque no voy yo, y deseáis permanecer cerca de mí. O quizá por los dos motivos, y vos misma no podéis elegir entre uno y otro. Eowyn ¿no me amáis, o no queréis amarme?
-Quería el amor de otro hombre -respondió ella-. Mas no quiero la piedad de ninguno.
-Lo sé -dijo Faramir-. Deseabais el amor del Señor Aragorn. Pues era noble y poderoso, y queríais la fama y la gloria: elevaros por encima de las cosas mezquinas que se arrastran sobre la tierra. Y como un gran capitán a un joven soldado, os pareció admirable. Porque lo es, un Señor entre los hombres, y el más grande de los que hoy existen. Pero cuando sólo recibis teis de él comprensión y piedad, entonces ya no quisisteis ninguna otra cosa, salvo una muerte gloriosa en el combate. ¡Miradme, Eowyn!
Y Eowyn miró a Faramir largamente y sin pestañear; y Faramir dijo.
- ¡No desdeñéis la piedad, que es el don de un corazón generoso, Eowyn! Pero yo no os ofrezco mi piedad. Pues sois una dama noble y valiente y habéis conquistado sin ayuda una gloria que no será olvidada; y sois tan hermosa que ni las palabras de la lengua de los elfos podrían describiros, y yo os amo. En un tiempo tuve piedad por vuestra tristeza. Pero ahora, aunque no tuvierais pena alguna, ningún temor, aunque nada os faltase y fuerais la bienaventurada Reina de Góndor, lo mismo os amaría. Eowyn ¿no me amáis?
Entonces algo cambió en el corazón de Eowyn, o acaso ella comprendió al fin lo que ocurría en él. Y desapareció el invierno que la habitaba, y el sol brilló en ella
-Esta es Minas Anor, la Torre del Sol – dijo-, y ¡ mirad! ¡ La Sombra ha desaparecido! ¡Ya nunca más volveré a ser una doncella guerrera, ni rivalizaré con los grandes caballeros, ni gozaré tan sólo con cantos de matanza! Seré una Curadora, y amaré todo cuanto crece, todo lo que no es árido. -Y miró de nuevo a Faramir.- Ya no deseo ser una reina -dijo. Entonces Faramir rió, feliz.
-Eso me parece bien -dijo-, porque yo no soy un rey. Y me casaré con la Dama Blanca de Rohan, si ella consiente. Y si ella consiente, cruzaremos el río y en días más venturosos viviremos en la bella Ithilien y cultivaremos un jardín. Y en él todas las cosas crecerán con alegría, si la Dama Blanca consiente.
-¿Habré entonces de abandonar a mi propio pueblo, hombre de Góndor? -dijo ella-. ¿Y querríais que vuestro orgulloso pueblo dijera de vos: «¡Allá va un Señor que ha domado a una doncella guerrera del Norte! ¿No había acaso ninguna mujer de la raza de los Númenor que pudiera elegir?»
-Lo querría, sí -dijo Faramir. Y la tomó en los brazos y la besó a la luz del sol, y no le preocupó que estuvieran en lo alto de los muros y a la vista de muchos. Y muchos los vieron por cierto, y vieron la luz que brillaba sobre ellos cuando descendían de los muros tomados de la mano y se encaminaban a las Casas de Curación. Y Faramir dijo al Mayoral de las Casas:
-Aquí veis a la Dama Eowyn de Rohan, y ahora está curada. Y el Mayoral dijo:
-Entonces la libro de mi custodia y le digo adiós, y ojalá nunca más sufra heridas ni enfermedades. La confío a los cuidados del Senescal de la Ciudad, hasta el regreso de su hermano. Pero Eowyn dijo:
-Sin embargo, ahora que me han autorizado a partir, quisiera quedarme. Porque de todas las moradas, ésta se ha convertido para mí en la más venturosa. Y allí permaneció hasta el regreso del Rey.
Terminados los funerales, cuando cesó el llanto de las mujeres y Théoden reposó al fin en paz bajo el túmulo, la gente se reunió en el Palacio de Oro para el gran festín y dejó de lado la tristeza; porque Théoden había vivido largos años y había acabado sus días con tanta gloria como los más insignes de la estirpe. [...]Todos los presentes se pusieron de pie y bebieron y brindaron por el nuevo Rey, exclamando: ¡Salve, Eomer, Rey de la Marca! Y más tarde, cuando ya la fiesta concluía, Eomer se levantó y dijo:
-Este es el festín funerario de Théoden Rey; pero antes de separarnos quiero anunciaros una noticia feliz, pues sé que a él no le disgustaría que yo así lo hiciera, ya que siempre fue un padre para Eowyn mi hermana. Escuchad, todos mis invitados, noble y hermosa gente de numerosos reinos, como jamás se viera antes congregada en este palacio: ¡Faramir, Senescal de Góndor y Príncipe de Ithilien pide la mano de Eowyn Dama de Rohan, y ella se la concede de buen grado! Y aquí mismo celebrarán la boda ante todos nosotros.
Y Faramir y Eowyn se adelantaron y se tomaron de la mano; y todos los presentes brindaron por ellos y estaban contentos.
-De este modo -dijo Eomer- la amistad entre la Marca y Góndor queda sellada con un nuevo vínculo, y esto me regocija todavía más.
-No eres avaro por cierto, Eomer -dijo Aragorn-, al dar así a Góndor lo más hermoso de tu reino.
Entonces Eowyn miró a Aragorn a los ojos, y dijo:
-¡Deséame ventura, mi Señor y Curador!
Y él respondió:
-Siempre te deseé ventura desde el día en que te conocí. Y verte ahora feliz cura una herida en mi corazón…








Esta es una de las historias de amor mas justas de la historia, y al leerla de verdad que te llena de esperanza y alegría!!!!!!!!!!!!!!
Gracias por compartirla, es una grandiosa historia, bueno, todas las historias de tolken lo son c: …thx!
lamentablemente en la pelicula a faramir sobre todo le quitaron mucho de su personalidad es como aragorn pero mas jovial y poco menos sabio por su corta edad y no hay mas justicia que el amor entre ellos caray
Si, por eso esté relato es mi preferido.